Tres inundaciones extraordinarias

Lamentablemente, las inundaciones son muy comunes. Basta con prender la tele o abrir las noticias en internet para enterarnos de que esta terrible catástrofe está sucediendo en algún lugar del mundo. A veces son por causas naturales, pero muchas otras son respuestas de nuestro planeta ante acciones humanas. En situaciones excepcionales, el líquido que lo tapa todo no es agua. En esta ocasión vamos a conocer tres casos de inundaciones fuera de lo comùn a lo largo de la historia. Hoy, en Cosas que no sabías… Que no sabías: Tres inundaciones extraordinarias.

Inundación de jugo de frutas de Pepsi de Lebedyan

Arranquemos este viaje de adelante para atrás. Es 2017 y nos vamos a Rusia, a la ciudad de Lebedyan, que está a 400 kilómetros al sur de Moscú. Una ciudad muy tranquila, apacible, donde las horas transcurren lentas y parece que nunca pasa nada. A pesar de todo esto, la ciudad tiene a una gran nave insignia: Lebedyansky, que desde 2008 es propiedad de Pepsi, compañía que en 1972 fue la primera empresa estadounidense en producir en la Unión Soviética, con varias plantas en territorio comunista.

Lebedyansky es una empresa de la gran flauta, el sexto productor de jugo de frutas del mundo y el más grande de Europa oriental.

Eso significa mucho jugo. Y en algún lado hay que guardar la materia prima. Para eso, la muchachada rusa destinó un galpón enorme donde van almacenando todo. Y aquel 25 de abril de 2017, por causas que no quedaron claras, un pedazo de galpón de unos 300 metros colapsó.

Esto significó que 28 millones de litros se desparramaran por la ciudad. Se trataba de jugo de ananá, damasco, mandarina, uva, mango, granada, manzana, cereza, naranja, pomelo y tomate. Por si te preguntabas de qué color queda la mezcla de todo esto, podés googlear “inundación jugo de frutas rusia” y vas a ver las imàgenes de un lìquido medio rosa por todos lados.

El problema es que este depósito está justo en una curvita que hace el río Don, así que gran parte de todo este jugo fue a parar a sus aguas. El Don es un río largo, el sexto más largo de Europa. Desemboca en el Mar de Azov, que después se comunica con el Mar Negro. Ante esto, obviamente el temor era que se contaminara todo, pero después de analizar el agua se determinó que no había peligro, más allá de la curiosa tonalidad rosa que adquirió momentáneamente un tramo del río.

Obviamente, Don Pepsi pidió disculpas enseguida por lo sucedido y todo eso y asumió todos los gastos del desastre. Pero también dijeron “dale, no fue para tanto, fueron unos centímetros de jugo por la ciudad nomás”.

Bueno, eso es cierto. No fue una super inundación y no tuvo graves consecuencias más que dejar pegoteado el piso por un tiempito. Y hormigas, tal vez… No sé. Las únicas víctimas fueron dos trabajadores del depósito que tuvieron algunas heridas leves, pero no más que eso. En fin, así resultó la primera inundación de esta seguidilla.

La gran inundación de melaza de Boston

A diferencia de la anterior, esta segunda inundación sí tuvo muertes entre sus consecuencias.

Viajamos en el tiempo y en el espacio a Estados Unidos. Estamos en la ciudad de Boston, Massachusetts, en 1919. De a poquito, los entonces 48 estados iban ratificando la décimo octava enmienda a la constitución, que prohibía la venta, importación, exportación, fabricación y el transporte de bebidas alcohólicas en todo el territorio del país. O sea, lo que terminó siendo la famosa Ley Seca un año después, en 1920, y que vimos en tantas películas.

Y por esto de que el comercio de bebidas alcohólicas estaba por apagarse, los productores estaban fabricando a toda máquina para poder vender todo lo posible, hasta el último día.

Entre estos estaba la Purity Distilling Company, que tenía su planta ahí en el North End de Boston, muy cerquita del centro.

En este lugar había un depósito enorme, de más de 15 metros de alto y 27 de diámetro. Lo usaban para almacenar melaza. ¿Qué es la melaza? Acá en Argentina por ahí es más conocido como miel de caña; es un residuo del proceso de fabricación y refinado del azúcar. Una cosa recontra espesa y dulce, que en este caso se fermentaba para obtener alcohol etílico.

En aquel enero bostoniano de 1919 hubo un par de días más calurosos de lo usual, lo que significó una gran amplitud térmica. Eso provocó un aumento de la presión de la fermentación de la melaza, presión que la estructura del depósito no aguantó.

Ya desde la mañana del 15 de enero los empleados escuchaban unos ruidos raros, como pequeños estallidos. Y al mediodía, de repente, pasó lo que nadie se imaginaba. Primero, una explosión que sonó como un trueno. Los remaches del depósito salieron volando como misiles. Finalmente, el depósito reventó. Los 9 millones de litros de melaza, cantidad capaz de llenar casi tres piletas olímpicas, se derramaron sobre los alrededores. Por la fuerza que tenía este líquido espeso, se formó una ola como de 7 metros, que avanzaba a 56 kilómetros por hora y arrasaba todo a su paso.

Personas, edificios, autos, perros, caballos… la melaza no perdonó a nada ni a nadie. Incluso hizo descarrilar a un par de vagones de tren, de esos que van elevados, tipo en las películas de Spiderman. En algunos sectores, la inundación alcanzó los 90 centímetros de esta cosa viscosa y pegajosa.

Además, el frío hacía que la melaza se pusiera más espesa, así que la gente quedaba atrapada y no podía salir sin ayuda. Varias personas murieron ahogadas en este jarabe. Otras fueron arrastradas hasta el río por la ola, y sus cuerpos fueron encontrados varios meses después. Hubo también víctimas que murieron al ser golpeadas por objetos que traía la corriente. En total fueron 21 fallecimientos y se contaron más de 150 heridos.

Se tardaron varias semanas en terminar de limpiar todo. Usaron agua con sal para lavar las calles y los edificios, y arena para absorber la melaza. Cuenta la gente del lugar que durante varias décadas todavía se podía sentir el olor dulzón en la zona, en especial en los días de calor.

Y como es Estados Unidos, por supuesto que hubo un mediático juicio para encontrar a los responsables. La empresa se lavó las manos de entrada y quiso culpar de todo a un atentado anarquista. Pero las pericias descubrieron que, por un lado, el depósito estaba construido con materiales bastante berretas; y, además, estaba siendo usado por encima de su capacidad, por esto de que se venía la prohibición de la fabricación de alcohol.

Así que la compañía responsable terminó pagando, a guita de hoy, unos 10 millones de dólares por los daños, y cien mil dólares a la familia de cada una de las víctimas. A partir de este evento, cambiaron las regulaciones sobre las inspecciones y los estándares de las construcciones.

En la actualidad, en el lugar donde estaba el depósito hay un parque muy bonito, con una cancha de béisbol y otra de bochas. Sí… por la inmigración italiana, los yanquis juegan a las bochas. En la entrada del parque, una placa recuerda a los 21 fallecidos de la gran inundación de melaza de Boston.

Inundación de cerveza de Londres

Para nuestra tercera y última inundación curiosa nos vamos al Reino Unido. El año es 1814. Si alguna vez visitaste Londres, es probable que hayas ido al British Museum (el Museo Británico, para los pibes). Es ese enorme y emblemático edificio donde se ve gráficamente el dominio que el Imperio Británico ejerció sobre gran parte del mundo en los últimos siglos. Con saqueos y despojos incluidos, claro.

A un par de cuadras de ahí, durante 150 años existió la Cervecería de la Herradura. Este lugar se dedicaba a la producción de cerveza Porter, un estilo que era relativamente nuevo en la Inglaterra de mil ochocientos y piquito. Para esto, tenían varios barriles de madera, donde la bebida maduraba. El más grande de todos medía siete metros de alto, y tenían varios más, aunque más chicos.

Hoy en día, esa es una zona cajetilla de la ciudad, vinculada a las ciencias y a la llamada alta cultura. Pero a comienzos del siglo XIX, habían encontrado refugio ahí varios grupos de inmigrantes irlandeses, que vivían en una pobreza dolorosa, amontonados en sucuchos y viviendo en sótanos.

En la tarde del 17 de octubre de 1814, George Crick, empleado de la fábrica de cerveza, vio algo que le llamó la atención. ¿Viste por ejemplo el barril donde vive El Chavo, que tiene esos aros de metal que mantienen la estructura? Bueno, el aro de arriba de todo del barril de cerveza más grande, se había corrido. No era algo taaan raro igual, ya había pasado un par de veces antes. Así que George escribió una notita para dejarle al jefe y avisarle del problema, para que fueran después a arreglarlo.

Una hora después se escuchó un ruido metálico. Ese aro que estaba medio suelto acababa de caerse del barril. No hubo tiempo para pensar: ¡Pum! Una explosión y este tonel de madera voló por los aires, provocando una ola de cerveza. La fuerza hizo estallar los otros barriles más chicos que había cerca, así que el tsunami creció todavía más. Un millón y medio de litros de birra embistieron con fuerza la pared de atrás de la cervecería y la tiraron abajo. Un millón y medio de litros serían, más o menos, tres millones de pintas.

El derrumbe de la pared mató a Eleanor Cooper, una chica de 14 años que laburaba en el pub de la fábrica de cerveza. Pero eso no fue todo. Una oscura ola de birra de casi cinco metros chocó contra dos casas y las derribó, matando a seis personas más. Entre ellas, una familia irlandesa que estaba justamente llevando a cabo un velorio. Una nena de 3 años que vivía a la vuelta también se ahogó. No fue peor solamente porque fue en un horario donde la mayoría de la gente estaba laburando, así que pocas personas estaban en sus casas.

Encima, por la falta de drenaje, toda esa cerveza se metió en los sótanos, donde vivían amuchadas muchas familias inmigrantes. Por fortuna, ahí no hubo muertes.

Después de todo esto, claro, hubo una investigación. El resultado fue que todo había sido un hecho fortuito, algo que en inglés tiene un curioso nombre: acto de Dios. Por lo tanto, no había nadie a quien culpar. Sin embargo, a partir de ese momento dejaron de usar barriles de madera en los lugares de fabricación de bebidas alcohólicas.

Todo lo que pasó le complicó bastante la economía a la cervecería, pero se recuperó y siguió funcionando, en distintas locaciones, hasta 1961. El edificio del desastre fue demolido en 1922, y desde 1929 funciona en el lugar el Dominion Theatre, donde se presentó, entre muchísimos otros, el musical Evita. Sin embargo, no vas a encontrar ahí ninguna placa ni monumento que recuerde ni a lo sucedido ni a las ocho personas fallecidas, todas ellas mujeres y niños.

Como dije al comienzo, las inundaciones son terribles. Pérdidas materiales, muerte, dolor. Muchas son evitables, otras no. Pero, ya sea curiosa o no, ninguna debe ser olvidada.

Esta historia forma parte del podcast “Cosas que no sabías… que no sabías”, producido por Home Office, la casa de los podcast.

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Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.

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Agustín Avenali

Agustín Avenali

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