Los mejores promedios de la clase

Allá por 1998, yo tenía 9 años y no era un gran seguidor de fútbol. Era de Boca, pero los partidos estaban ocultos tras la cortina codificada de TyC Max. De esta forma, quedaba un poco reducido a ser un hincha virtual, enterándome de los resultados más tarde o viendo los goles en Fútbol de Primera.

Sin embargo, me acuerdo muy vívidamente del Apertura de ese año, en el que Martín Palermo se consagraba como goleador del torneo con 20 conquistas en 19 partidos. Ese promedio de gol superior a uno por partido fue, sin dudas, un logro enorme del delantero al que yo personificaba imaginariamente en cada jugada con mis amigos.

Pero hubo algunos tipos que lo llevaron más allá. Tres delanteros que son los únicos sudamericanos en tener un promedio de gol mayor a uno en torneos de Primera División.

Una forma de tener una noción clara del significado de esto es ver los promedios de jugadores a quienes conocemos por su potencia goleadora: el de Arsenio Erico, máximo goleador de torneos locales argentinos, es de 0,87 por partido; Ángel Labruna, 0,57; Carlos Bianchi, 0,64; Gabriel Batistuta, 0,54; Lionel Messi (hasta agosto de 2020) 0,92; y el del propio Martín Palermo, 0,49.

Vamos entonces a conocer a los tres mejores promedios de la clase:

Según la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS), con 232 goles en 228 partidos, Bernabé Ferreyra ostenta un promedio de gol de 1,01. Dueño de apodos que dejan clara su impronta como “La fiera” o “El mortero de Rufino”, Ferreyra nació en 1909 en esa ciudad del sur santafesino.

Tras un recorrido por diversas ligas regionales como la Venadense, la Juninense y la Rosarina, finalmente llegó a la AFA en 1929, cuando el fútbol argentino todavía decía ser amateur. Se convirtió en jugador del Club Atlético Tigre y rápidamente se destacó por su capacidad goleadora y la potencia de su disparo.

En 1931, en el primer campeonato abiertamente profesional, jugó apenas 13 partidos pero convirtió 20 goles, con un enorme promedio de 1,53.

Al año siguiente, River Plate se hizo con su pase por 35 mil pesos de la época, equivalentes a 23 mil libras esterlinas. Fue hasta ese momento la cifra más alta pagada en el mundo por el traspaso de un jugador de fútbol y lo sería hasta 1954. Fue, junto con la compra del pase de Carlos Peucelle, lo que le dio a River el mote de “Millonarios”.

Esa primera temporada con la banda roja fue brillante. Bernabé fue goleador del campeonato con 43 tantos y protagonista estelar del primer torneo profesional ganado por River.

Se sucedieron los títulos locales de 1936 y 1937, más copas locales e internacionales con River y la conquista de la Copa América en 1937 con la Selección Argentina.

En el medio, varias anécdotas de arqueros lesionados por sus durísimos tiros al arco, como la vez en la Fernando Bello, guardameta de Inependiente, le atajó un penal, pero el pelotazo de La fiera le quebró ambas muñecas y lo dejó desmayado.

Hacia finales de la década de 1930, Bernabé ya era una celebridad. La suma pagada por River por su pase se recuperó rápidamente porque la gente colmaba las viejas tribunas de Alvear y Tagle para ver al Mortero de Rufino. Participó en películas, le dedicaron tangos y fue de las figuras más populares de los primeros años del profesionalismo.

Sin embargo, los esfuerzos de los defensores por pararlo, traducidos en incontables patadas, fueron minando su condición física. Se retiró en 1939, con apenas 30 años y convertido en leyenda.

El 13 de mayo de 1888, la princesa imperial Isabel I de Braganza, hija del emperador Pedro II de Brasil, firmó la llamada Ley Áurea. El texto de la norma es breve. En su primer artículo, dice: “Es declarada extinta, desde la fecha de esta ley, la esclavitud en Brasil”.

Cuatro años después, en São Paulo, llegaba al mundo Arthur Friedenreich. Era hijo del alemán Oscar y de la afrobrasileña Mathilde, de familia de esclavos liberados. De él heredó los ojos verdes; de ella, el tono café de su piel y el ser objeto de discriminación.

Con el apoyo de su padre, quien sería su estadígrafo, Arthur dio sus primeros pasos futbolísticos en el SC Germânia, el club de la sociedad alemana. Debutó en 1909 y enseguida mostró sus dotes de delantero habilidoso y goleador, que le valieron uno de sus apodos: “El Tigre”.

Pero había un problema. Friedenreich jugaba contra dos rivales: el equipo contrario y la discriminación. En las primeras décadas del siglo XX, el fútbol brasileño estaba dominado por la élite blanca y los jugadores negros y mulatos no tenían cabida. Arthur planchaba su pelo mota con toallas calientes para disimular su origen, mientras que otros colegas de la época, como Carlos Alberto, blanqueaban su piel con polvo de arroz.

Más allá de cualquier prejuicio, El mulato de ojos verdes se dedicó a lo que mejor le salía: hacer goles. Además del Germânia, paseó su fútbol por Ypiranga, Mackenzie, Americano, Paysandu, Paulistano (donde más tiempo jugó), Flamengo, Inter, Santista, Santos y São Paulo. Todos clubes paulistas excepto Flamengo, único destino de su período Carioca.

Naturalmente, sus condiciones de goleador lo llevaron a la selección, que aún vestía de blanco. Fue pieza clave en la obtención del Campeonato Sudamericano de 1919, el primero disputado en Brasil. En una zona única de cuatro equipos, Brasil y Uruguay empataron en el primer puesto y debieron jugar un partido definitorio. Ante la igualdad en cero tras 90 minutos, acordaron jugar dos tiempos más de media hora. Extenuante. Finalmente, a los 122 minutos de juego, El Tigre hizo el gol de la victoria y le regaló a Brasil su primer título en la competencia. Tras este triunfo, sus botines estuvieron expuestos durante meses en una de las joyerías más elegantes del centro de Río de Janeiro.

Brasil campeón de América 1919. El del medio centro, agachado, es Friedenreich.

El sociólogo Gilberto Freyre dirá años más tarde que en Brasil, como consecuencia del mestizaje de la sociedad, el fútbol se había enriquecido con el aporte de las clases populares, que lo convirtieron de un juego “británicamente apolíneo” a una “danza dionisíaca”, espontánea y emocional.

Sin embargo, tuvo lugar un hecho vergonzoso. Meses más tarde de los laureles sudamericanos de 1919, el presidente Epitácio Pessoa decretó que sólo jugadores blancos podrían jugar en la selección, bajo la excusa de que los negros serían discriminados en el exterior. Cuando en 1922 Brasil volvió a ser anfitrión del Campeonato Sudamericano, la presión popular hizo derogar a la norma y Friedenreich y sus compañeros de tez oscura volvieron al equipo. Si bien El mulato de ojos verdes se lesionó en el primer partido, sus compañeros obtuvieron el segundo título en su historia de la Seleção. Se perdió el Mundial del ’30 porque Brasil sólo envió jugadores cariocas.

Arthur fue goleador del Campeonato Paulista en nueve ocasiones y se coronó campeón en siete. Se retiró con 43 años en 1935, cuando el fútbol brasileño ya había abrazado al profesionalismo, algo de lo que estaba en contra.

Según las estadísticas de su padre, anotó 1329 goles en 1239 encuentros. Al igual que en el caso de Pelé, son números poco comprobables, porque incluyen partidos no oficiales. Eran tiempos con poca cobertura mediática y jugadores que jugaban sin números en las camisetas, lo que hacía difícil llevar un conteo prolijo de los goles. Existen distintas versiones en las que varían las cantidades de partidos y anotaciones. La IFFHS le reconoce 354 goles en 323 partidos, lo que le da un promedio de 1,10, el más alto del trío que presentamos hoy.

Tras su retiro, Friedenreich trabajó en una compañía de licores y murió en 1969, enfermo de Alzheimer. Para entonces, si bien el racismo seguía (y sigue) presente en el fútbol brasileño, los jugadores negros ya no tenían que blanquear su piel ni alisar su pelo para no ser discriminados.

Vale para cerrar su historia citar a Eduardo Galeano, en “El fútbol a sol y sombra”: “Friedenreich llevó al solemne estadio de los blancos la irreverencia de los muchachos color café que gozaban disputando una pelota de trapo en los suburbios. Así nació un estilo, abierto a la fantasía, que prefiere el placer al resultado. Desde Fridenreich en adelante, el fútbol brasileño que es de veras brasileño no tiene ángulos rectos, como tampoco los tienen las montañas de Río de Janeiro ni los edificios de Oscar Niemeyer”.

El más acá en el tiempo de nuestros tres goleadores. Friedenreich ya era un jugador consagrado y Ferreyra estaba por llegar a Tigre cuando en Casma, Perú, nacía Valeriano López. Era 1926. En su adolescencia se mudó a El Callao y empezó a mostrar sus goles en el Sport Boys, el club local.

Su gran salto y su poderoso cabezazo lo convirtieron en goleador de la entonces Liga de Lima & Callao por tres años consecutivos: 1946, 1947 y 1948. Entre las tres temporadas metió 62 goles en 53 partidos. Sin embargo, su equipo no logró el título.

En 1949, en la concentración previa al Sudamericano de ese año en Brasil, siguió a su instinto desfachatado y despreocupado y se escapó. Lo agarraron y fue sancionado.

Enojado, López mudó sus goles a Colombia, que comenzaba a vivir su período llamado El Dorado, por la gran cantidad de estrellas sudamericanas que jugaban ahí. Se unió a las filas del Deportivo Cali, donde rápidamente se convirtió en ídolo. Sin haber sido campeón ni goleador de ningún torneo, dejó su huella en el lado verde de Cali tras marcar tres goles en la enorme victoria por 6 a 1 ante el poderosísimo Millonarios.

En Cali siguió con sus excentricidades, como armarse cigarrillos con dólares. El mismísimo Santiago Bernabéu cruzó el Atlántico para llevárselo al Real Madrid, pero Valeriano se negó porque no quería estar tan lejos de su familia. Para no haber hecho semejante viaje por nada, Don Santiago tentó con la camiseta blanca a otra estrella del torneo colombiano: Alfredo Di Stéfano.

Valeriano, el tercero, con la camiseta de Deportivo Cali.

En 1951 el fútbol peruano levantó la sanción de Valeriano y pudo regresar a Sport Boys, donde de nuevo arrasó con todos los arcos: 31 goles en 16 partidos. Metió los tres en la definición que su equipo le ganó a Deportivo Municipal para quedarse con el primer título de su carrera.

A partir de ahí, fue mermando su rendimiento. Vistió la camiseta de Huracán de Parque Patricios en 1953, pero una lesión y alguna que otra indisciplina no lo dejaron brillar.

Al año siguiente regresó a Perú para sus últimas grandes funciones: conquistó el Campeonato Peruano en 1954 y 1955 con Alianza Lima. Luego, ya en declive, pasó por distintos equipos de su país y tuvo un pequeño regreso a Deportivo Cali, donde se retiró en 1961.

Apodado “El tanque de Casma” por su altura y potencia, se destacó siempre por su efectivo cabezazo. En 1952, jugando en los Panamericanos, le hizo a Panamá cinco goles de esta manera. Fue ídolo de multitudes pero lo traicionó su carácter desordenado e indisciplinado. Las noches de juerga le gustaban aún más que hacer goles y eso le impidió mantenerse en lo más alto. Sin embargo, lo hecho le alcanzó para convertirse en héroe de Sport Boys y Deportivo Cali.

Convirtió 207 goles en 199 partidos en Primera División, lo que lo ubica en el segundo puesto de este tridente con 1,04 de promedio. En sus tiempos, la temporada oficial del fútbol peruano era corta, de sólo 18 partidos. De haber tenido más encuentros oficiales por año, sus estadísticas serían brutales. Bueno, todavía más brutales. Murió pobre en El Callao, a los 68 años, lejos de esos tiempos de los cigarrillos armados con dólares.

Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.

Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.