Agustín Avenali

Feb 19, 2021

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La vez que no fui Imbatible

– ¿Cuál es la capital de Etiopía?

– Addis Abeba.

– ¡Bien! ¿En qué año se declaró la independencia uruguaya?

– 1825.

– ¡Sí! Los insectos, ¿son artrópodos?

– Sí.

– Excelente. Bueno, están casi todas bien. Impresionante, muy buen porcentaje. La vas a romper.

Me había pasado la última media hora respondiendo a una catarata de preguntas sobre lo que llaman “cultura general”. Estaba en un camarín mal iluminado, con el nombre de Miguel del Sel en la puerta y lleno de cabezas de telgopor, de esas que usan para poner pelucas. Era la tercera etapa del casting para El Imbatible, la sección del programa de Susana Giménez donde los participantes demostraban su conocimiento y un poco de su suerte para ganar un jugoso premio en dinero.

Pero la plata no me importaba tanto. Me atraía el desafío, la posibilidad de demostrar en cámara que ya desde chico contestaba a todas las preguntas cuando miraba el programa por televisión. “¡Tenés que ir a participar!”, me decía cualquiera que fuera testigo de mis respuestas correctas. Pero no podía: todavía era menor.

Así que un tiempito después, cuando ya tenía 19 años, vi el anuncio que invitaba a la gente a presentarse para competir en El Imbatible. Llamé por teléfono y contesté bien las diez preguntas. Satisfecha, la telefonista me citó para otra ronda de casting en los estudios de Telefé en Martínez. La pasé y llegó la tercera. También había estado a la altura.

– Muy bien Agustín, como te dije, muy buen porcentaje. Ya estás adentro. La próxima vez que te llamemos ya va a ser directamente para que vengas al programa. Ahí te vamos a indicar bien todo.

Los productores se veían contentos. Yo estaba seguro de que mi personaje era atractivo. Un chico joven, casi recién salido del colegio, que había acumulado un montón de conocimiento e iba a medirse con gente más grande. La actitud del encargado de hacerme las preguntas y de la chica que anotaba parecía darme la razón. Se mostraban entusiasmados, me elogiaban, cada tanto hacían algún comentario sobre mi juventud.

Quedamos en que me llamarían en el transcurso de una o dos semanas. Nos despedimos con un beso y un abrazo y salí caminando.

Mientras esperaba el 60 sobre Fleming para volver a mi casa, empecé a imaginarme todo. Ya había seleccionado mentalmente la camisa negra y el saco que iba a llevar. Pensé en Susana y en sus exclamaciones ante mis respuestas correctas. “¡Qué bárbaro, un chico tan joven!”. “¿Dónde aprendiste esto?”. “¿Te iba bien en el colegio?”.

Recordé que unos años antes Iván de Pineda, contra el prejuicio de la mayoría, había ganado el concurso y con eso había pasado de modelo a una especie de figura intelectual. ¿Me pasaría algo así a mí? ¿Me convertiría en referente de una generación que los adultos consideraban perdida por los videojuegos y el menemismo?

Pasaron los días. En mi departamento de estudiante no tenía internet, así que todos los días iba un ratito al ciber y googleaba datos al azar para anotarlos y repasarlos en mi tiempo libre. Quería tener la mente aceitada y fresca para cumplir con mi anhelo de la niñez.

Se sucedieron más días, semanas, un mes, dos meses. Yo estaba atento al teléfono, pero el llamado no llegaba. Se impuso la ilógica lógica del mercado: se ve que un grupo de personas respondiendo preguntas no era atractivo y decidieron reemplazar a El Imbatible por un juego muy confuso con fichas, famosos y participantes telefónicos, cuyas reglas Susana nunca pareció terminar de entender. Finalmente, no le interesó a nadie y lo cancelaron.

Así, antes de empezar, terminó mi paso por la televisión abierta. La sección jamás volvió al programa y me quedé sin mi oportunidad de por primera vez hacer valer económicamente mis conocimientos.

Sin embargo, en ese viaje en el 60 de regreso a mi casa me reencontré con Yamila. Y con eso, empezaba otra historia.

Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.

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