El Houdini de las cárceles

¿Ubicás a Harry Houdini? Era un mago, nacido en 1874 que se especializaba en escapismo. Podía salir de cualquier habitación, liberarse de cualquier cadena, soportar cualquier situación. Tal vez nunca lo supo, pero unos años antes que él vivió otro gran escapista, que mostró sus habilidades para fugarse muchísimas veces de prisiones en Australia. Era tan bueno en eso que le construyeron una celda especialmente para él… y también se escapó. Hoy, en Cosas que no sabías… que no sabías: El Houdini de las cárceles.

Nos metemos en la vida de nuestro protagonista de este episodio: Joseph Johns, que le decían Joe. Nació en 1826 en Cornualles, lugar que, si mirás un mapa de Inglaterra, es la punta de esa especie de tentáculo que sale hacia el sudoeste.

Joe era el tercero de los seis hijos de Thomas y Mary. Thomas era herrero y murió cuando Joe tenía 7 años. Como la cosa andaba mal y había que parar la olla en casa, él y sus hermanos empezaron a trabajar en una mina de cobre. Unos años más tarde, se mudó a Gales, donde para no perder la costumbre, también laburó en una mina, esta vez de hierro.

Pero la vida de Joe era más que meterse en túneles chiquitos para extraer minerales. En 1848, con 22 años, tuvo su primer encontronazo con la ley. Era ya de madrugada a mediados de noviembre cuando un sargento que estaba de guardia se cruzó con Joe y con William Cross, un amigote. “Qué andan haciendo muchachos”, les preguntó. “Acá, tranqui, volviendo a casa”. Había algo sospechoso en la actitud de estos pibes así que el sargento los revisó. Tenían tres pedazos de pan, un poco de panceta, carne de cordero y queso. Una breve averiguación hizo saltar la ficha de que esos artículos eran robados. Joe y William se habían metido en una casa cercana e intentaban huir con el botín cuando los agarró este sargento.

Fueron a juicio y se defendieron a sí mismos en una buena medida para ahorrar en abogados. Pero que puede salir mal: la defensa de Joe fue demasiado efusiva, pasándose por alto varias reglas de decoro y buen comportamiento. Esto hizo que al juez le cayeran muy mal. Por eso, en vez de los tres o cuatro meses de cárcel habituales para estos casos, a Joe y William les dio diez años. Sí. Diez años. ¡Diez años de prisión por robarte una picada!

Joe pasó cuatro años siendo transferido de cárcel en cárcel, hasta que entró en una movida habitual en aquellos tiempos. Lo enviaron a prisión a Australia, que en ese momento era la colonia penal que Gran Bretaña usaba como tacho de basura, para sacarse de encima a su abundante población carcelaria.

Acá ves qué distintas eran las cosas, ¿no? En la época victoriana tenías, por un lado, a gente como los personajes de El retrato de Dorian Gray, gente con guita y mucho tiempo para ir a reuniones y estar todo el día sin hacer nada. Por el otro, personas como las de los libros de Dickens, pibes pobres con vidas durísimas que crecían envueltos en marginalidad y violencia, a pocas cuadras del Palacio de Buckingham.

Sacando lo de vivir en Londres, era a este segundo grupo al que pertenecía Joe. Laburar en una mina de cobre siendo un nene de 7 años, que te condenen a diez años de prisión por afanarte pan y un poco de fiambre, que te manden a la otra punta del planeta para sacarte de encima… Lo que se dice una vida difícil.

No menos difícil era el viaje en barco. Tres meses y medio de travesía en una prisión flotante, desde Inglaterra hasta la ciudad de Perth, en la entonces colonia británica de Australia Occidental. Donde Las Leonas fueron campeonas del mundo en 2002, ¿te acordás?

Cuando Joe llegó a suelo australiano, en 1853, le dieron la libertad bajo palabra. Dos años después, le perdonaron la pena. Listo, sos libre Joe, ahora podés ir a donde quieras. ¿Y a dónde iba a ir, si no tenía un mango? ¿Volver a Inglaterra? Imposible de pagar. Así que se quedó en Australia. Se mudó un poco más hacia el interior de la isla continente, a una zona ganadera. El lugar era llamado Moondyne por los aborígenes, y al poco tiempo se convirtió en su apodo: Moondyne Joe.

En su nueva vida, Joe laburaba como peón de campo y se dedicaba a atrapar a las vacas y caballos que se escapaban, a cambio de recompensas. Una especie de gaucho o de cowboy a la australiana. Pero al toque se cortó la diversión: lo acusaron de robarse un caballo y ponerle su marca.

Lo metieron en la cárcel del pueblo, y acá empieza su amplio historial de escapes de celdas. Se fugó de ahí y se llevó el caballo. Una vez que se alejó lo suficiente, lo mató y le arrancó la marca de la piel. Enseguida lo atraparon, pero como no encontraron al equino en cuestión, no había pruebas del robo de animales. Zafó, porque por eso lo podrían haber puesto tras las rejas diez años. Igualmente, el juez le dio tres años de cárcel, por haberse fugado.

Esta vez, en vez de escaparse de la prisión, Joe usó otra estrategia. Hacer buena letra. Sus compañeros de encierro se fugaban o intentaban hacerlo, pero él se quedaba tranquilo sin hacer nada. Me hace pensar en el meme de Bart Simpson, chiquito, sentadito en una butaca de cine con raya al medio y las manos entrelazadas… ¿lo ubicás?

Como premio por portarse bien, lo dejaron en libertad unos meses antes de lo estipulado. Joe fue de nuevo a laburar en el campo y todo marchaba de parabienes. Peeeero… en enero de 1865, a menos de un año de haber salido de la cárcel, en el campo donde trabajaba apareció un buey muerto. ¿Y a quién le echaron la culpa? Claro, al exconvicto. Otra vez cárcel para Joe, que pataleó y pataleó contra esta medida, porque juraba que no había sido. Sostuvo durante el resto de su vida que esa vez había sido condenado injustamente.

Su nueva condena de diez años no le hizo ninguna gracia y esta vez no iba a jugar la carta de la buena conducta. Desde el minuto cero Joe buscó la forma de fugarse. Ah, como este podcast también es un vehículo de la cultura, siguiendo esta temática te recomiendo, si aún no la viste, la película Sueño de libertad.

Te decía entonces que Joe estaba muy descontento con estar en cana por un crimen que no había cometido y decidió huir. A los pocos meses lo logró, porque se ve que la seguridad era medio floja. Él y un compañero se escaparon cuando los habían sacado para laburar, sí, así como cuando los hacen picar piedras en las películas.

Anduvieron un mes deambulando hasta que los atraparon de vuelta. Como castigo, a Joe lo mandaron a una cárcel de mayor seguridad y lo obligaron a usar grilletes en los pies durante un año. Uf.

En abril de 1866, cuando después de tantos meses medio que ya se había acostumbrado a los grilletes, le mandó una carta al juez. Le pedía por favor que revisara el caso. El juez se copó y le bajó la pena, que era de diez años, a seis. Si bien desde nuestra comodidad parece algo bueno, para Joe era un embole, más aún cuando no había cometido el crimen del que lo acusaban. Así que se quiso rajar. En julio de ese 1866, los guardias lo encontraron intentando serrar la cerradura de la celda. Serrar con S, o sea que la quería cortar con una sierra.

¿El castigo? Seis meses más con grilletes en los tobillos. Cualquiera habría bajado los brazos, pero Joe era un caso de perseverancia ante todo, que hoy sería la envidia de esos gurúes de las buenas vibras que andan dando vueltas por internet. Un mes más tarde, cortó sus grilletes y se escapó de la cárcel junto a otros tres tipos. Listo, por fin, ahora sí, ¡sé libre, Joe!

Los cuatro se quedaron ahí en los bosques cerquita de Perth, cometiendo pequeños asaltos sólo para sobrevivir. Pero, mirá vos qué mala leche, atraparon a uno. Así que Joe y los otros dos decidieron que no iban a estar seguros ahí y que era mejor mandarse a mudar.

La prisión de Perth.

¿El destino? La vecina colonia de Australia del Sur. Igual, vecina es un decir. Entre Perth y el límite entre Australia Occidental y Australia del Sur hay 1500 kilómetros, muchos de ellos a través del desierto de Nullarbor, un lugar donde, posta, no hay nada.

Obviamente necesitarían provisiones, así que Joe aprovechó la volada para vengarse de un viejo compañero de celda. Este antiguo convicto había puesto un negocio, tipo un almacén. Joe y sus secuaces le robaron todo lo que tenía, en lo que fue el golpe más grande que dio en su carrera. No, no parece algo muy importante, pero bueno, recordemos que en lo que se destacaba Joe era en escaparse de la cárcel, no en robar.

De todas formas, no pudieron andar mucho. Apenas habían recorrido 300 kilómetros cuando la policía los enganchó, y de vueeelta a prisión. La fama de Joe como escapista carcelario ya se había extendido y esta vez las autoridades de la prisión de Fremantle no se la iban a hacer nada fácil.

Primero, lo dejaron a la intemperie, encadenado a una reja mientras le construían una celda antifugas, especialmente para él. Paredes de piedra, revestidas de tablas de eucalipto. Una vez lista, lo metieron. Joe estuvo meses ahí, saliendo apenas un ratito por día, alimentado a pan y agua. Después de un tiempo, decidieron dejarlo salir. Pero era un peligro que fuera a picar piedra con los demás afuera de la cárcel, porque seguro que se rajaba. Así que hicieron una especie de home office de picar piedras: le llevaban las rocas al patio de la cárcel para que laburara ahí. Todo iba de maravillas para la gente de la cárcel y parecía que Joe no se iba a escapar nunca. Tan confiados estaban que el propio gobernador de la colonia, John Hampton, le dijo “Sabés qué, Joe? Si te llegás a escapar de acá, te indulto”.

La celda especialmente hecha para Joe.

Joe se tomó la promesa en serio y puso manos a la obra. Se dio cuenta de que cuando picaba piedra en el patio, bajo la atenta mirada del guardia, en un momento quedaba oculto detrás de una pila de pedacitos de roca, que lo tapaba de la cintura para abajo. Ahí, con la mejor cara de gil y sin que nadie se diera cuenta, aprovechaba para darle unos martillazos al muro exterior de la cárcel. Así, muy de a poquito y con toda la paciencia del mundo, la fue debilitando. Hasta que un día de marzo de 1867, Joe se escapó por un agujero de la pared. El Houdini de las cárceles lo había hecho de nuevo.

Esta vez fue más inteligente y no hizo nada al borde de la ley durante dos años. Así, no levantó la perdiz y lo dejaron de buscar. Además, su fuga fue de gran inspiración para muchos presos, lo que derivó en una gran cantidad de escapes de prisiones en los alrededores. Joe se había convertido en una leyenda.

Pero no pudo aguantar mucho. A comienzos de 1869 se metió a robar a una bodega, con tanta mala suerte que había ahí un grupo de policías, que estaban buscando a una persona ahogada en un río cercano. Lo agarraron y de vuelta a la cárcel. Pena de cuatro años con grilletes por entrar a la bodega y un año más por la fuga. ¡Y pensar que todo esto empezó por robarse una picada!

Un año después intentaría escaparse de nuevo, fabricando una llave de la celda en la carpintería de la prisión, pero no funcionó. En abril de 1871, llegó a oídos del supervisor de la cárcel la promesa de indulto que le había hecho el antiguo gobernador, que ya había abandonado su cargo. ¿Te acordás? El que le dijo que si se escapaba de ahí, lo indultaba. El supervisor chequeó que la historia fuera cierta y cuando se la confirmaron, le concedieron el perdón a Joe. ¡Ahora sí!

La cueva que hoy lleva el nombre de Joe.

Esta vez Joe sí se dedicó a hacer buena letra y a dejar de poner a prueba su habilidad de escapista. Laburó de carpintero, de buscador de oro y de explorador, que fue cuando descubrió una caverna que hoy lleva su apodo, la Cueva Moondyne. Tuvo alguna que otra cosita con la ley pero nada que lo hiciera volver tras las rejas. En 1879, con 53 años, se casó con Louise, una viuda de 26.

Lamentablemente, quince años más tarde, ella murió. Joe, hundido en la tristeza, empezó a comportarse de forma cada vez más rara. Una tarde de verano de 1900 lo encontraron perdido, vagando en la calle. Hoy, tal vez diríamos que tenía Alzheimer. Lo mandaron a un asilo, que funcionaba en un edificio que antes había sido una cárcel. Cárcel de donde Joe se había escapado siendo más joven, por supuesto.

Y no había perdido las mañas. Quizá más como un reflejo, y sin darse cuenta de que esta vez lo estaban cuidando y no encerrándolo, Joe se escapó varias veces de este asilo, y por eso decidieron encerrarlo en un manicomio. A los pocos meses, con 74 años, Joseph Johns murió, y así concretó su último escape. Fue enterrado en el cementerio de Fremantle, donde su tumba todavía puede visitarse. En la lápida, junto a su nombre, grabaron dos cosas: unos grilletes rotos y la palabra galesa Rhyddid, que significa: Libertad.

Esta historia forma parte del podcast “Cosas que no sabías… que no sabías”, producido por Home Office, la casa de los podcast.

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Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.

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Agustín Avenali

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