El auto azul o el vínculo entre un suegro y un yerno

Cuando conocí a Oscar, mi suegro, estaba muy nervioso. Nunca había estado en una situación de ese tipo y no sabía qué esperar, pero las películas nos enseñan que, sea como sea, hay que caerle bien a los suegros.

En nuestro primer encuentro, Oscar me dio la mano con firmeza y me hizo un chiste que no entendí. Me reí medio a destiempo y él me miró con un gesto como de que tenía el 7 de espada. Había arrancado mal.

Hablamos un rato sobre bueyes perdidos, pero era todo muy superficial. Yo estaba — demasiado — preocupado por crear una conexión. Faltaba una chispa, algo que generara una complicidad que me convirtiera en el preferido de sus yernos.

— ¿Te gustan los autos? — me preguntó, casi de un momento a otro.

— Obvio — mentí. Entendí que por ahí podía llegar a estar nuestra conexión.

— Vení que te muestro algo.

Me llevó al garage y, muy contento, me mostró su auto. Un auto azul. Es lo único que puedo decir, porque no tengo idea de marcas, de modelos ni de nada que pertenezca a ese mundo. Él me explicó un par de cosas, que lo habían hecho en nosédónde y ya no se fabricaban más. Los nervios me impidieron retener esos datos.

Mi performance fingiendo interés habrá sido excelente, porque evidentemente quedó convencido. Habíamos formado nuestro vínculo. Esa charla rápidamente dio paso a hablar de nuestras infancias, fútbol, fotografía, computación… pero todo basado en una mentira.

Mentira que tuve que sostener durante muchos años, porque no hubo un día que fuéramos a la casa de Oscar sin que él me llevara al garage y me dijera algo nuevo sobre el auto. O quizá me decía siempre lo mismo, pero yo era incapaz de retener información sobre algo que me interesaba tan poco.

Cinco años. Cinco años pasaron hasta que tomé coraje para decirle la verdad.

Más que coraje fue sidra, en un festejo de año nuevo donde nos quedamos hablando solos en el patio como hasta las cuatro de la mañana. En un breve silencio, lo miré.

— Oscar, te tengo que decir algo. El día que vine acá y me mostraste tu auto, te mentí. No me gustan los autos. No sé nada de autos. No me importan los autos.

La penumbra del patio ocultaba su rostro, así que no pude ver su expresión. Pero sí escuché su risa. Una carcajada contagiosa, bien sonora, que duró casi un minuto y me hizo tentar a mí también.

Cuando se le pasó un poco, pero todavía entre risas, me contestó.

— ¡Yo tampoco sé un carajo de autos! Todo lo que dije estos años lo busqué en internet. Cada vez que sabía que venías entraba a internet y buscaba algo nuevo para contarte del auto, con miedo de que te dieras cuenta de que no sé nada.

Ahora el que se reía era yo.

— ¿Sabés por qué lo hice? — me preguntó. No esperó mi respuesta. — Lo hice porque te vi tan entusiasmado la primera vez que te lo mostré, que pensé que nos podíamos acercar por ahí. Qué sé yo, tener un vínculo. Y por eso siempre cambié tan rápido de tema: porque te ibas a dar cuenta de que no sé nada.

Volvimos a reírnos y nos fundimos en un abrazo.

Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.

Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.