El argentino que desafió a Stalin

El siglo XX es una fuente inagotable de historias. Para quienes disfrutamos de estos sucesos curiosos, es un placer ponernos a buscar y encontrar tantas aventuras geniales, muchas de ellas alrededor de esta dicotomía capitalismo — comunismo. Hoy, justamente, tenemos una historia que, estoy segurísimo, habría llegado al cine hace rato si hubiera sido Estados Unidos uno de los países implicados. Pero no. El relato de hoy, que en serio es de película, transcurrió en la Unión Soviética, protagonizado por un muchacho nacido en la provincia de Buenos Aires. Hoy, en Cosas que no sabías… que no sabías: El argentino que desafió a Stalin.

Para meternos en esta historia, tenemos que retroceder un poco más en el tiempo. Subite al Delorean que nos vamos a 1937, plena Guerra Civil Española. ¿Te acordás? Por un lado, los republicanos, que eran el gobierno y eran apoyados por la Unión Soviética; por el otro, los sublevados, golpistas anticomunistas con relaciones con Portugal, España e Italia.

A un año de comenzada la contienda, la cosa se empezaba a poner fulera para el bando republicano, así que les pareció que esa guerra no era un ambiente lindo para los menores de edad. Por eso, armaron distintas expediciones para enviar a los niños a otros países, donde estuvieran más seguros. Spoiler alert: en unos añitos más iba a comenzar la Segunda Guerra Mundial y paradójicamente iba a ser más seguro estar en España que en otros países europeos. Pero bueno, nadie tiene la bola de cristal.

Entonces, empezaron a salir contingentes de chicos y chicas en espera de una vida mejor. La mayoría tuvo como destino a Francia, pero también fueron a países como Bélgica, Reino Unido, Suiza o México. Otro grupete, de unas tres mil personas, partió rumbo a la Unión Soviética y fueron llamados “Niños de Rusia”. Después de la Guerra Civil, se les complicó volver a España porque empezó la Segunda Guerra Mundial, y tenían prohibido abandonar el territorio soviético. Así que, mal que mal, se adaptaron a ese estilo de vida, aprendieron el idioma y se quedaron a vivir en la URSS.

Mientras tanto, en Ciudad Gótica… digo, en Argentina, nos metemos en la vida de nuestro protagonista de hoy: Pedro Conde Magdaleno. Pedro, para nosotros. Nació en 1913 en General Madariaga, ahí cerquita de Pinamar, y a los 15 años se mudó a Buenos Aires con una mano atrás y otra adelante. Enseguida consiguió laburo en una panadería, y le fue muy bien. Pero su vida no giraba sólo en torno a flautitas y medialunas: empezó a militar en el socialismo y llegó a ser secretario general de la Unión del Personal de Panadería y Afines. O sea, de la UPPA.

Ahora sí, volvemos a viajar en el tiempo, pero un poco más adelante. Es 1947 y Juan Domingo Perón lleva un año en la presidencia. Nuestro amigo Pedro Conde Magdaleno se había convertido al peronismo, al ver lo que significaba para los trabajadores. Por eso no dudó en presentarse a una curiosa convocatoria: el General quería incluir en las embajadas argentinas en el mundo a un agregado obrero, para sumar a los ya existentes agregados culturales, comerciales, militares. La función de este agregado obrero sería ver qué onda con la realidad laboral de otros países y, si daba, tomar algunas cosas para aplicarlas acá.

A Pedro le fue fenómeno en el curso y lo eligieron para una de las misiones más importantes: ser agregado obrero en la embajada que hacía muy poco se había reabierto en la Unión Soviética. Esto reanudaba las relaciones diplomáticas entre Moscú y Buenos Aires, que se habían roto tras la revolución de 1917. Pedro estaba re copado, acordate que tenía toda una formación socialista, y se imaginaba que en la tierra de Stalin iba a encontrar a un proletariado feliz y contento, con muchas ideas para traer a Argentina.

Pedro tenía 34 años cuando llegó a suelo soviético con su familia. La primera impresión fue… malísima. Al desembarcar en el puerto ucraniano de Odessa, esperaba encontrar nada más que obreros felices, disfrutando de su paraíso socialista. Pero no. Un país hambriento sufriendo la posguerra, con mendigos, gente en harapos, pobreza, violencia policial. Lo mismo vio desde las ventanas del ferrocarril que lo llevó a Moscú. En pocas horas toda su imagen positiva sobre la Unión Soviética se había desmoronado.

A los rusos tampoco les caía nada bien que viniera un extranjero a hurgar y meter las narices en sus fábricas, campos y viviendas obreras, así que no le dieron mucha cabida. De hecho, a su pasaporte, que decía “agregado obrero”, le hicieron tachar “obrero”. “Quedate ahí en la embajada y no molestés”, le dijeron.

Pero a Pedro nadie le iba a decir cómo hacer su laburo. Buscó la manera de escabullirse y recorrer la ciudad y sus alrededores para comprobar cómo vivía la gente de a pie, la que no tenía esos elegantes uniformes militares que veía en los desfiles. Vio cómo se apretaban de a decenas en una habitación, cómo hacían filas interminables para comprar alimentos carísimos y en mal estado, cómo sufrían el miedo a ser reprimidos.

En estas salidas tenía cómplices: se había hecho amigote de unos españoles, que lo ayudaban con el tema del idioma. Estos españoles eran nada más y nada menos que Niños de Rusia, aquellos chiquilines de los que hablamos al principio, que la República Española había mandado a la Unión Soviética para protegerlos del franquismo. Hizo buenas migas especialmente con dos, José Tuñón y Pedro Cepeda. Ellos le contaron todo lo que padecían. Los habían obligado a renunciar a su ciudadanía española, y los podían fusilar si intentaban huir. Pobres, se habían escapado de una situación de porquería y cayeron a otra.

Pedro Conde Magdaleno contó toda su experiencia en un muy interesante libro llamado “¿Por qué huyen en baúles los asilados españoles en la URSS?”. Ahí cuenta en gran detalle todo lo que presenció y hace una crítica feroz al sistema soviético y a Stalin, la gran figura de la época.

Pará. ¿Y por qué se llama “¿Por qué huyen en baúles?”? Bueno, resulta que Pedro Conde Magdaleno decide que el mundo tiene que saber lo que pasa en la URSS. Que así no se puede seguir. Había que desenmascarar al régimen. Reúne mucha documentación y pruebas para llevar a Argentina, pero siente que necesita algo más fuerte, más contundente. Y se le ocurre meter a sus dos amigos españoles, José Tuñón y Pedro Cepeda, en baúles diplomáticos, para sacarlos de Rusia y traerlos a Argentina. Sí, que viajaran en unas valijas gigantes y que fueran ellos los que contaran la verdad de la milanesa (o de la ensalada… rusa). De paso, les salvaba la vida al sacarlos del país.

Y acá es que empieza la aventura. Si fuera una película, ahora vendría una secuencia tipo de entrenamiento donde se muestra a Conde Magdaleno y a los españoles probando los baúles, buscando la forma más cómoda de que se banquen el viaje. La encontraron: viajarían sentados, con unas almohadas para evitar golpes y un poco de agua y pan con salchichón por si picaba el bagre.

Después, llegaría la escena más tensa de la película. El 2 de enero de 1948, Conde Magdaleno y un colega de la embajada, Antonio Bazán, llegaron al aeropuerto de Moscú llevando como equipaje un baúl enorme cada uno. Adentro, iban los españoles. Nuestro protagonista pasó bien los controles, pero Bazán no: no tenía rublos para pagar el exceso de equipaje. Bueno, ya fue, decidieron dividirse: Pedro Conde seguiría viaje con José Tuñón en el baúl, y Bazán volaría con Cepeda al otro día.

Pedro se subió al avión, que encima salió con dos horas de retraso. El baúl, con Tuñón adentro, iba en la cabina. Pedro miraba de reojo, movía los dedos, el nerviosismo se lo morfaba. De pronto, tras unas tres horas de vuelo, un golpe. Otro. Y otro. Pedro cayó en la cuenta de que algo pasaba. No podía disimular más. Empezó a transpirar. Su mirada se encontró con la de la azafata, que, estando al lado del baúl, había escuchado todo. La mujer, en silencio, se metió en la cabina. El avión pegó media vuelta y empezó a regresar. ¡No! Por favor, ¿qué pasó?

Ya entregadísimo, Pedro abrió el baúl y encontró a Tuñón totalmente desencajado, violeta, hecho pelota. Es que hubo un problema: habían puesto el baúl al revés, así que el español había quedado cabeza abajo. Encima, le habían tapado los agujeritos para respirar. Y acordate que el vuelo había salido con dos horas de retraso. ¿Cuánto tiempo más iba a aguantar así?

El avión aterrizó en territorio ucraniano y separaron a Pedro y a José Tuñón. Nunca más se volvieron a ver. Nuestro agregado obrero estuvo retenido en un sótano durante cinco días, acusado de espía. No le creían que estaba haciendo salir ilegalmente del país a una persona, delante de las narices de Stalin, sólo de buena onda. “A vos te mandan los yanquis, dale, no te hagás el gil”. Finalmente lo soltaron y regresó a Moscú, donde se enteró de que Cepeda, el otro español, había desaparecido.

La cosa estaba muy pesada y había que rajarse de la Unión Soviética. Conde, Bazán y sus familias tramitaron rápidamente su salida del país y se fueron en tren. Cuando estaban por cruzar la frontera con Finlandia… problemas de nuevo. Aparecieron unos muchachones del NKVD, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, antecesor de la KGB. Empezaron a revisar los equipajes. Esta vez, Pedro no tenía a un español adentro de las valijas, pero sí mucha documentación y fotos que se estaba llevando para dar a conocer al mundo las condiciones de vida de los obreros soviéticos. Y otra vez, la escena de película: Alicia, la esposa de Pedro, haciendo malabares para esconder los papeles, con mucha tensión y nerviosismo, mientras otro distraía a los agentes. Finalmente, zafaron, cruzaron la frontera y Pedro pudo usar todo eso para escribir su libro, publicado en 1951.

En teoría, la Unión Soviética lo había dejado salir con la condición de que el gobierno argentino lo castigara una vez llegado acá. Pero Perón lo bancó y, en vez de sancionarlo, lo mandó como agregado a Perú. Allí lo sorprendió la autodenominada Revolución Libertadora. Volvió al país pero ya sin mucha cabida por su pasado peronista, tuvo que buscar otros laburos, como colectivero. Murió muy joven, a los 51 años, en 1963 y nunca supo qué pasó con sus amigos españoles.

José Tuñón y Pedro Cepeda fueron condenados a 25 años de trabajos forzados en Siberia. Se la bancaron como unos señoritos y, luego de siete años, en plena desestalinización, una comisión revisora decidió liberarlos, ya en 1955. Tuñón, el que había estado en el baúl de Pedro, se fue a México, donde se había exiliado su familia. Cepeda, el otro español, se quedó en Rusia hasta 1966, cuando volvió a España para agitarla en contra de Franco y fue uno de los líderes de la Unión General de Trabajadores. Murió en 1984, a los 61 años.

Así fue la historia de Pedro Conde Magdaleno, este sindicalista, socialista en sus orígenes y devenido peronista, que viajó a Moscú con la esperanza de conocer un mundo nuevo para los obreros, y se encontró con un país arruinado por la guerra y el hambre. La historia de un tipo que se jugó el pellejo por lo que creyó justo, que se arriesgó para ayudar a dos amigos en problemas. La historia del argentino que desafió a Stalin.

Esta historia forma parte del podcast “Cosas que no sabías… que no sabías”, producido por Home Office, la casa de los podcast.

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Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.

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Agustín Avenali

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