Café

Agustín Avenali
4 min readApr 22, 2022

Aurelio tenía cincuenta y cinco años cuando el gastroenterólogo lo miró con ojos severos.

— No más café. Si toma uno, aunque sea uno más, va a morir.

Salió del consultorio en silencio, con la cabeza gacha, haciendo un duelo para el que no estaba preparado. Nadie le había avisado, nadie le había permitido despedirse de su infusión favorita, aquella que había probado cuando aún era un mocito de pantalones cortos en un pueblito en las montañas de Asturias.

Para él, el café era mucho más que una bebida. No recordaba haberlo tomado para saciar su sed. No, para eso estaba el agua, claro. El café era encuentro, unión, intimidad. No se podían resolver problemas sentándose en una mesa vacía; pero si se pedía un café, todos los acuerdos parecían posibles. Pese a llevar más de treinta años en Argentina, no había encontrado en el mate la calidez y el sentimiento de comunión que le daba el café.

Aceptó con resignación las palabras del médico. Aurelio sabía que ya no era aquel joven anarquista, fiero y combativo que había peleado en la Guerra Civil y luego emigrado a Buenos Aires, donde difundió las ideas libertarias en la antesala del peronismo. Ahora quería ver crecer a su nieto recién nacido, Joaquín. No deseaba más que llevarlo a la plaza, enseñarle a jugar al fútbol y contarle viejas historias de las huelgas patagónicas o de la lucha republicana. Sintió que todo eso era tan importante que no valía la pena destrozar su estómago con más café.

Durante treinta años, Aurelio mantuvo su abstinencia. A cambio de eso, pudo estar presente en cada momento de la vida de su único nieto. Le enseñó a andar en bicicleta y a hablar en asturiano. Lo aconsejó en sus primeros amores y festejó sus goles colgado del alambrado. Asistió con lágrimas en los ojos al festejo de su recibida. Le contó mil veces cada episodio de su historia, tanto los alegres como los dolorosos. Sólo lamentó una cosa: no poder compartir una charla con Joaquín café de por medio.

Llegó el 2002. El país estaba en crisis y Joaquín también. Tenía treinta años y no veía ningún futuro. Se sentía impotente viendo cómo todo se caía a pedazos y decidió, al igual que miles de compatriotas, ir a probar suerte a España. Pese a ser bastante desarraigado, sabía que había una persona a quien extrañaría como a nadie: su abuelo Aurelio. Pero entendía al mismo tiempo que la situación no daba para más y tenía que armar las valijas cuanto antes.

Aurelio fue el que más lloró en la despedida de Joaquín en Ezeiza. Mientras regresaba a su casa, tomó dimensión de cuánto tiempo había pasado. Su nieto era grande, había partido en busca de su destino, ya no lo necesitaba. Ya había estado suficientemente presente como abuelo.

Para esa misma tarde, Aurelio tenía la decisión tomada. Se puso su bufanda, su boina y tomó el colectivo rumbo al centro. Entró con pasos cortos e inseguros al que había sido su bar favorito, sobre Avenida de Mayo. Miraba a su alrededor, sorprendido de que todo estaba más o menos igual a como lo recordaba. Se sentó en una mesa al fondo, mirando hacia la calle, y ejecutó un ritual que no cumplía desde hacía treinta años: colgó su abrigo en la silla, apoyó la boina sobre la mesa y pidió un café doble.

El mozo se lo trajo con su correspondiente amaretti, que hizo a un lado porque nunca le habían gustado. La mano le temblaba de nervios cuando agarró la taza y se la acercó suavemente a la boca, mientras aprovechaba para oler el brebaje. Era el aroma de su niñez asturiana, de su padre compartiendo reuniones con otros mineros y tratando asuntos del sindicato.

Apenas la infusión tocó sus labios, sintió que volvía a tener diez años y lo probaba por primera vez junto a su madre. Se vio a sí mismo en sus charlas con Marta, tomados de la mano junto a dos tazas humeantes. Y recordó la última que compartieron antes de que ella muriera atravesada por una bayoneta falangista. Se le vinieron a la mente las noches de guerra, en las que un cacharro de lata con café quemado era lo único que tenían para combatir el frío y la angustia.

Dio otro sorbo y pensó en el café aguado que le servían en el barco. Por supuesto, el más rico iba para la primera clase. Vio ante sus ojos, como si fuera una película, las reuniones con compatriotas en los bares de tendencia republicana, donde se juntaban a debatir, pero también a extrañar y a sentirse menos solos. Allí el protagonista, además de la nostalgia, era el café.

Había sido en una de esas tertulias donde conoció a Matilde. Él siempre la miraba desde lejos, tímido, empequeñecido ante la seriedad y la solemnidad de ella. Había practicado frente al espejo durante días las palabras con las que la invitaría a tomar un café. Finalmente se animó y ella aceptó. Aurelio recordó cómo, después de la primera taza, Matilde había bajado la guardia y lo miraba con dulzura mientras charlaban sin parar. Y luego, el día en el que…

La taza estaba vacía. Las escenas que envolvían a Aurelio desaparecieron y sintió un mareo cuando se dio cuenta de que estaba en ese bar de Avenida de Mayo, con su boina sobre la mesa y el amaretti sin tocar. Lo asaltó un pequeño malestar en el estómago, pero no le importaba. Quería, necesitaba seguir recordando. Miró hacia la barra y buscó hacer contacto visual.

— ¡Mozo! — llamó — . Otro, por favor.

Escuchá “Café” como parte del podcast “Cuentos subterráneos”, en Home Office Podcast.

--

--

Agustín Avenali

Flâneur, escritor fantasma, periodista, creador de podcasts. Un buscador de historias. / Flâneur, ghostwriter, journalist, podcasts creator. A story seeker.